Haciendo del hogar un lugar acogedor (LXXXII) : Dime cuál es el rincón favorito de tu casa
Me pareció que el tema de hoy, "Dime cuál es el rincón favorito de tu casa", podía ser atractivo y pensé pedir colaboración a los seguidores aunque entiendo que es difícil elegir un lugar en particular porque según para qué actividad uno tiene distintas preferencias. También sucede que muchas personas no son conscientes del lugar que le proporciona momentos agradables. En España parece que no hay una palabra que defina ese espacio como sucede por ejemplo en los daneses con la palabra "hygge".
En mi caso, ya he hablado en otras ocasiones de lugares especiales de la casa como la cocina a la que he llamado " el alma de la casa" o el cuarto de estar en el caso de mi madre.
El orden de las colaboraciones es el del orden de recepción de las mismas
Algunos como Javier nos describen dos espacios.
Javier
Uno para poder disfrutar en
mayor medida del clima más cálido, sin mucho espacio, pero sí respirando todo
lo que ofrece el exterior, aprovechando los toques de color de la primavera.
El segundo, más propio de
otoño-invierno, acogedor para ampliar el tiempo de lectura, cine, las reuniones
familiares y en alguna ocasión enfrentarnos en una partidilla de Chinchón.
Quizás, o seguro, si algo echamos de menos, sea esa mesa camilla redonda con faldillas y brasero que no faltaba en casa de nuestros padres...
Aquí te presentó mi lugar
preferido de la casa. Se ubica en el casco histórico de Toledo, en el barrio
cristiano, por la zona de la Diputación Provincial, en un edificio del siglo
XVII, que consta de un agradable patio toledano. El rincón se encuentra en la
entrada de la casa. Como se puede ver hay una mesa y dos sillas plegables,
además de algunas plantas. Sobre la mesa suele haber una taza de café o de una
infusión, libros, libretas y revistas. Me gusta disfrutarlo, especialmente en
primavera, a primeras horas de los días de verano y en los días soleados del
otoño.
Teresa
Mi rincón favorito de la casa.
Mi lugar para leer, rodeada de mis libros y desconectar un ratito. Aquí siempre
ha habido un sillón, aunque ahora lo hayamos cambiado por este chaise longue.
En el anterior pasé muchas horas descansando con mis bebés en brazos mientras
los dormía… Hay rincones que guardan tantos recuerdos que siempre serán
especiales.
Mi rincón favorito de los últimos años estaba a ambos lados de la ventana que aparece en esta fotografía. Acabo de descubrir, sin embargo, que solo fotografié su exterior. Nunca tomé una foto del lugar concreto donde estaban la silla, el ordenador y los cuadernos y bolígrafos que tenía dispersos por toda la mesa. Quizás porque era lo que miraba cuando me sentaba allí. Los pájaros que venían a picotear las hojas de las plantas de la ventana, las flores de los arbustos que había junto a la pared, el círculo con el yin y el yang que César había construido con césped y piedras blancas y, por supuesto, los tres árboles que extendían su sombra por casi todo el patio me parecían extraordinariamente bellos en esos momentos. Por la noche, el olor de las flores blancas de la plumeria se intensificaba y me producía un gran placer.
La foto está tomada desde el lugar donde más tiempo pasé en aquella casa: sentada a la mesa que reubiqué junto a esa ventana. La luz que dejaba entrar me lo sugirió desde el primer día. Resultó ser un acierto, porque solo dejaba aquel rincón cuando se hacía de noche. Creo que la estructura de la casa, el lugar, la orientación, el tamaño de la ventana, todo en su conjunto, hacía que la luz de ese rincón tuviera una intensidad y un color como yo nunca había visto antes. O quizás simplemente era que, por alguna misteriosa razón, esa luz se acomodaba a mí como un vestido hecho a medida. A veces la podía sentir a mi alrededor como si me despertara otro sentido aparte del de la vista.
El placer que me provocaba ese espacio a ambos lados de la ventana venía acompañado, muchas veces, por el deseo imposible de retenerlo conmigo para siempre. En esos momentos era cuando me sentía completamente consciente de lo que me gustaba ese lugar y, a la vez, sabía que, en algún momento no muy lejano, lo perdería. Aquellos pocos metros, que fueron míos durante un tiempo, me hacían sentir parte de ellos como ningún otro lugar hasta el momento.
Virtudes
En nuestra casa, fuera de
Madrid, tengo varios rincones predilectos pero la cocina es mi preferida. Aparte de los buenos perfumes gustativos, de la música del
cacharreo y del agua del fregadero, es sobre todo un lugar de convivencia.
Hasta a mis amigas les encanta merendar alrededor de la mesa de la cocina
cuando las invito. Es más cercano, informal.
Siempre me han gustado las cocinas, sobre todo de tipo rústico. Quizás por eso mi cocina "moderna" acumula elementos rústicos. Por ejemplo, el aparador de madera de pino de estilo provenzal, detrás de su vitrina, alberga una diversa cantidad de objetos que poseen todos unos recuerdos e historia que contar. Siempre a su vista desde el desayuno y en los múltiples pasos que damos a lo largo del día en la cocina.
La Buhardilla
Después de darle vueltas, me quedo con la buhardilla, donde escribo, con el sol de otoño cayendo de refilón sobre la mesa hasta rozar el ordenador. Cualquier rincón de la casa merece mi consideración entusiasta -¡como en casa, en ningún sitio!-, pero esta estancia amplia, irregular, luminosa donde se amontonan los libros y los recuerdos me atrae poderosamente. Es mi mina y, en cierta medida, el espejo de la realidad. Aquí he escrito una docena de libros y cientos de artículos. Es, por tanto, el lugar de mis sueños y el de rebuscar entre los cristales rotos de la memoria.
Sobre la mesa y los alrededores están expuestos los premios y regalos curiosos del largo camino recorrido y las fotos familiares. A la derecha, las viejas fotografías de los padres y los abuelos junto a la pequeña arqueta aquerada donde guardo mis intimidades -el cuaderno de la escuela, la necrológica de mi padre...-, que sirve de soporte a un caballo de cartón; a la izquierda, en una mesita cuadrada, las fotos de los nietos, y encima de mi mesa de trabajo, siempre a la vista, la hermosa figura de Pilar vestida de novia el día de nuestra boda. Enfrente, entre el desordenado e interminable escaparate de libros, que desbordan hasta las escaleras, destaca el tremendo grabado del Felipe II de Saura, un telescopio para contemplar las estrellas y el gran cartón promocional de mi libro “Suárez y el Rey”, Premio Espasa de Ensayo, con la célebre foto de los dos paseando de espaldas y el rey Juan Carlos posando su mano sobre el hombro de un Adolfo Suárez ausente, que ya no conocía al Rey ni sabía que él había sido presidente del Gobierno. Al lado, un jarrón chino, fruto de un regalo, y un ficus cuyas ramas llegan hasta el techo.
A mi espalda, ocupando la parte central de la librería, el Diccionario Espasa y la colección completa de las obras de Pío Baroja. Esto último merece una explicación. Mi madre sólo tenía estudios primarios, pero era muy aficionada a la lectura. Poco a poco, iba adquiriendo y guardando en un baulillo los fascículos de las obras de Baroja, a las que se aficionó, y un día un cura tridentino la obligó a quemarlas porque eran un peligro para mi alma, un niño que apenas empezaba a leer. Con mis primeros ahorros, ya de mayor, no se me ocurrió nada mejor que comprar toda la obra de don Pío, que, para aquel cura temeroso, era, por lo visto,”don Impío”.
En el rincón de la izquierda según se entra al despacho, el visitante contemplará un hermoso mapa antiguo del mundo y las realistas figuras de terracota del Gordo y el Flaco, con los que me he reído mucho en la vida. A través de la amplia claraboya por donde entra el sol contemplo el alto abeto del jardín del vecino, y me acuerdo siempre de Cicerón: “El que tiene un jardín y una biblioteca, tiene todo lo que necesita”.
Si tuviera que elegir el lugar más especial de mi casa, lo tengo claro: es el porche de la cocina.
Para mí es el rincón donde mejor me encuentro y, sin duda, mi forma favorita de empezar el día; o al menos lo intento siempre que puedo, sobre todo los fines de semana.
Mi momento preferido es a primera hora de la mañana. Me gusta salir a disfrutar de un buen desayuno con un café de puchero humeante y un buen libro o una libreta para escribir algún pensamiento que ronda por mi cabeza, saboreando un rato de absoluta tranquilidad.
Es un instante de relax muy íntimo, donde el tiempo parece ir más despacio.
Desde allí contemplo la parcela, un espacio lleno de significado para mí.
Tengo plantadas varias flores y arbustos cargados de historia: una planta que era de mi abuela, otra de mi madre, y algunas más que llegaron como regalos de personas que me quieren bien. Un poco más allá, casi al final del terreno, una oliva preciosa se convierte cada mañana en el punto de encuentro de los pájaros, y escuchar su canto es un auténtico regalo.
Lo que hace mágico a este porche es el contraste. Aunque la parcela linda con una carretera de mucho tráfico, cuando estás ahí sentada el ruido de los coches casi desaparece. Se diluye por completo. En su lugar, queda el rumor de una brisa espectacular que corre siempre, logrando que este rincón sea mi desconexión perfecta antes de que empiece la rutina del día.
En mi caso, encuentro muchos rincones de la casa evocadores y acogedores pero no es cuestión de sobrepasar los límites de la propuesta de modo que voy a circunscribirme a dos, la cocina que da al este desde la que se puede contemplar el amanecer y la terraza al oeste que invita a ver los atardeceres con bellísimas puestas de sol.
La cocina es el lugar principal donde se realizan gran parte de las actividades cotidianas como las comidas en torno a una confortable mesa, mesa en la que también escribo en momentos puntuales.
Tiene un ventanal con unas jardineras con plantas y una veneciana que deja pasar la luz de un modo especial
La terraza, pequeña, permite ampliar horizontes y divisar varias colinas. Diariamente, contemplo los atardeceres y asisto al murmullo de las aves que acuden en bandada a dormir al plátano de sombra del jardín contiguo.





























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