El corral de mis abuelos maternos era cuadrado, pequeño, de unos ocho o nueve metros. Se encontraba entre los dos patios, el de afuera y el de dentro, frente a las cuadras. Las paredes supongo que eran de adobe, rudimentarias, imperfectas y blancas, porque se jalbegaban todos los años con cal. Recuerdo que la puerta era muy vieja, con algunas rendijas y tenía una cuerda con un palo en el extremo que se introducía en un agujero de la pared para cerrar por dentro y tener intimidad. Los únicos utensilios que allí se encontraban eran un cubo de hierro lleno de ceniza, una lata de tomate de aquellas de cinco kilos, vacía, a la que se le había puesto un asa de alambre grueso, un escobón, un badil y, pisados con una piedra, algunos papeles de distinta procedencia. La ceniza del cubo se utilizaba para tapar los excrementos que se recogian con el badil y el escobón y se echaban a la lata. Esta tarea la hacía todo el que utilizaba el corral pa...
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