Artesanía con Flores (CCXLII) : Aquellos caballitos de nuestra infancia
Una fuerza extraña me había llevado a revolver en aquel rincón del somero por primera vez en mi vida. Y allí estaba el caballito de cartón que me habían dejado los Reyes Magos en la ventana del cuarto de afuera, a pesar de la fuerte nevada de aquel día, y que se convirtió en el juguete de mi infancia. Nunca lo olvidé. Él seguía siendo el mismo más de sesenta años después
Abel Hernández El Caballo de Cartón
Sigrid Hjerten
Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedose el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!
Antonio Machado
El caballo de cartón
ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal - 08/1/2006
Es uno de mis más antiguos y
tristes recuerdos. Tenía cinco años cuando lo vi en el escaparate de la
juguetería junto al equipo de sheriff, el mecano, los juegos reunidos Geyper,
el autobús de hojalata con pasajeros pintados en las ventanillas: juguetes que
a menudo exigían complicidad y esfuerzo, y de los que no te despegabas hasta
los reyes siguientes. Incluso para los niños afortunados -quince años después
de la guerra civil no todos lo eran- había sólo uno o dos regalos por cabeza. Y
si te portabas mal, carbón. Por lo demás, con imaginación, madera, alambre y
latas vacías de conservas se improvisaban los mejores juguetes del mundo. En
aquel tiempo, a las criaturas todavía no nos habían vuelto los adultos pequeños
gilipollas cibernéticos. Todavía nos dejaban ser niños. Los enanos varones
leíamos Hazañas Bélicas, matábamos comanches feroces y utilizábamos porteadores
negros en los safaris sin ningún complejo, mientras las niñas eran felices
jugando con muñecas, cocinitas y cuentos de la colección Azucena. Tal vez
porque los adultos eran más socialmente incorrectos que ahora. Y en algún caso,
menos imbéciles.
Pero les hablaba del caballo. En
esa época, para un crío de cinco años, un caballo de cartón suponía la gloria.
Aquél era un soberbio ejemplar con silla y bridas, las cuatro patas sobre un
rectángulo de madera con ruedas; tan hermoso que me quedé pegado al cristal sin
que mis abuelos, con quienes paseaba, lograran arrancarme de allí. Me fascinaban
sus ojos grandes y oscuros, la boca abierta de la que salía el bocado de madera
y tela, la crin y la cola pintadas de un color más claro, los estribos
cromados. Era casi tan grande como los caballitos de la feria que cada Navidad
se instalaba en el paseo del muelle, frente al puerto. Parecía que era de
verdad, y que me esperaba. Cuando consiguieron alejarme del escaparate, corrí a
casa y, con la letra experimental de quien llevaba un año haciendo palotes,
escribí mi primera carta a los reyes magos.
Yo pertenecía al grupo de los
niños con suerte: la madrugada del 6 de enero, el caballo apareció en el
balcón. Esa mañana, en la glorieta, monté mi caballo de cartón ante las
miradas, que yo creía asombradas, de otros niños que jugaban con sus regalos:
triciclos, patinetes, espadas medievales, cascos de marciano, cochecitos con
muñeco dentro, o la modesta muñeca de trapo y la más modesta pistola de madera
y hojalata con corcho atado con un hilo. Ahora sé que algunas de esas miradas
de niños y padres también eran tristes, pero eso entonces no podía imaginarlo;
mi caballo era espléndido y en él cabalgaba yo, orgulloso, pistola de vaquero
al cinto. Ni cuando, en otros reyes, tuve mi primera caja de soldados, la
espada metálica del Cisne Negro, el casco de sargento de marines, la
cantimplora de plástico y la ametralladora Thompson, fui tan feliz como aquella
mañana apretando las piernas en los flancos de mi hermoso caballo de cartón.
Sólo pude disfrutarlo un día. Por la tarde jugué con él hasta el anochecer, en el balcón, y lo dejé allí, soñando con cabalgarlo de nuevo al día siguiente. Pero aquella noche llovió a cántaros, nadie se acordó del pobre caballo, y por la mañana, cuando abrí los postigos, encontré un amasijo de cartón mojado. Según me contaron más tarde, no lloré: estaba demasiado abrumado para eso. Permanecí inmóvil mirando los restos durante un rato largo, y luego di media vuelta en silencio y volví a mi habitación, donde me tumbé boca abajo en la cama. La verdad es que no recuerdo lágrimas, pero sí una angustiosa certeza de desolación, de desastre irrevocable, de tristeza infinita ante toda aquella felicidad arrebatada por el azar, por la mala suerte, por la imprevisión, por el Destino. Después con los años, he tenido unas cosas y he perdido otras. También, sin importar cuánto gane ahora o cuánto pierda, sé que perderé más, de golpe o poco a poco, hasta que un día acabe perdiéndolo todo. No me hago ilusiones: ya sé que son las reglas. Tengo canas en la barba y fantasmas en la memoria, he visto arder ciudades y bibliotecas, desvanecerse innumerables caballos de cartón propios y ajenos; y en cada ocasión me consoló el recuerdo de aquel despojo mojado. Quizá, después de todo, el niño tuvo mucha suerte esa mañana del 7 de enero de 1956, cuando aprendió, demasiado pronto, que vivimos bajo la lluvia y que los caballos de cartón no son eternos.
Lectura para niños















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